MIS ABUELOS MATERNOS  por Rosa Chávez Molina

José Manuel Torres y Juana Celedonia Rojas se unieron en matrimonio siendo aún muy jóvenes. Ella era natural de Tiabaya, distrito de Arequipa, de carácter dulce y conciliador, siendo sus padres propietarios de numerosas chacras de gran fertilidad, de suave clima y bellos paisajes. José Manuel nació en Azángaro. Era ambicioso, ostentoso y severo, incansable en el trabajo.

La pareja fijó su residencia en Azángaro. Empezó alquilando pequeñas haciendas y parcelas que estaban casi abandonadas por sus propietarios. Algunas de ellas fueron compradas a sus dueños pasados unos pocos años.

José Manuel tenía un grupo de valerosos hombres que lo acompañaban en sus negocios y con los que enfrentaban a los abigeos y ladrones que actuaban en los caminos y en toda la región. El gobernaba y vigilaba personalmente los trabajos de esquila de lana, las siembras y el recojo de las cosechas, las que negociaba y vendía en las ferias y  fiestas patronales de la región.

La pareja Torres rojas tuvo cuatro hijas: Cesárea, Serafina, Inés y Eduviges, las que sobrevivieron a otras que por falta de medicinas y médicos en la zona fallecieron.

José y Juana cuidaban a las cuatro hijas con gran esmero y celo, desechando a todos los pretendientes que consideraban indignos, sin fortuna, sin educación y que no merecían la mano de sus hijas.

 

 

Cesárea, mi abuela, se casó cuando ya tenía treinta años con Pedro Molina, hombre muy bueno, algo ingenuo y muy religioso. Benefactor de las Órdenes Religiosas Franciscanos y Recoletos, solía donarles a cada Orden un ternero anualmente, costumbre que permaneció hasta que yo fui adolescente.

Un día un sacerdote franciscano visitó su hacienda y al ver su biblioteca revisó los libros que estaban en el Index, entre ellos el “Oráculo de Napoleón” que don Pedro leía con frecuencia. Quemó los libros sin su consentimiento. Este hecho afectó a Pedro pero terminó aceptándolo resignadamente.

La abuela Cesárea era por el contrario una mujer enérgica, muy trabajadora, montaba a caballo para ir a las ferias y fiestas patronales acompañada de sus dos mejores guardaespaldas y dos perros y vendía los productos lana chalana, papas, chuño, etc. Dormía en los campamentos junto con su mercadería ya que no habían hoteles ni posadas adecuadas. Regresaba con las alforjas llenas de monedas de oro y plata y con gran peligro de ser asaltada.

Al enterarse de la quema de los libros, montó en cólera y decidió que esos frailes no volverían a pisar la casa hacienda. Pero pasada la cólera no cumplió y siempre fueron acogidos en casa estos religiosos con cariño y con respeto.

Los abuelos Pedro y Cesárea enviaron a sus dos hijos varones a estudiar a Lima. Wenceslao estudió medicina; Felipe, Derecho. Leonor y Clorinda fueron al pueblo de Putina, hoy provincia de Puno. Allí había una escuelita para niñas donde cursaron el Kinder y dos años de primaria. Después pasaron a un colegio de Puno y estuvieron alojadas y cuidadas por unas parientes, las señoritas Giraldo, que las trataban mal y se apropiaron de dos mantones de Manila, cortándolos en pisitos con los que adornaron su sala. Más tarde, Leonor y Clorinda se trasladaron a Lima y se internaron en el colegio Belén, el mejor de la época. La travesía del viaje en esa época demandaba como mínimo de ocho a diez días. De Churura donde vivían a Juliaca había noventa kilómetros, se requerían dos días a caballo, se descansaba un día y se continuaba a Arequipa en tren durante dos días más. Luego a Mollendo también en tren un día y ahí se esperaba al barco caletero que demoraba tres días hasta en Callao.

En Lima permanecieron Leonor y Clorinda hasta acabar su instrucción. Felipe tuvo que trasladarse a media carrera a la Universidad de Arequipa por el clima seco de la sierra, pero falleció de pulmonía ante de terminar su carrera.

 

Mi tía abuela Serafina, la segunda hija de José Torres y Juana Rojas, se casó con un señor Borda, dueño de la hacienda “Quillo”. Tuvieron cuatro hijos. Félix era bastante mayor que sus hermanos Julia, Esther y Luis. Este último tenía apenas cuatro años cuando ocurrió una epidemia de Tifus Exantemático que azotó toda la zona y toda la familia fue contaminada. Fallecieron el papá y la mamá, quedando Félix, el mayor, a cargo de sus tres hermanitos. Desgraciadamente, Félix murió en un accidente quedando desamparados los tres hermanitos siendo aún niños. Mi abuela Cesárea se hizo cargo de los tres hijos de su hermana y el coronel Lizares Quiñónez, tío de los menores, asumió la dirección de la hacienda Quillo y el envío de utilidades para los tres huérfanos: Julia de diez años, Esther de ocho años y Luis de cuatro años.

 

Inés Torres Rojas, la otra hermana de Cesárea, era muy bella y ambiciosa. No quiso recibir su herencia en hacienda o tierras, sino todo en platería y objetos de oro que había en la casa de su padre. Se casó en espléndida boda con el alcalde de Azángaro, hombre muy adinerado pero gran jugador. El señor Choquehuanca fue hermano de aquel que pronunciara ese famoso discurso al Libertador Bolívar que decía que “se necesitaría de otro nuevo mundo para que pudiera ser liberado de la tiranía de sus conquistadores” y que “crecería su fama y su gloria como crece la sombra cuando el sol declina”... El esposo de Inés murió pronto en un duelo provocado. Las hermanas del alcalde Choquehuanca fueron las que heredaron las cuatro quintas partes de su fortuna de acuerdo con la ley de la época, que dando para la bella Inés sólo un quinto de aquella fortuna y las joyas y platería que dilapidó y vendió, quedando la arrogante Inés en la mendicidad.

 

Eduviges, la última hermana de Cesárea, se enamoró siendo aún muy joven de un muchacho que no tenía gran porvenir. Estos amoríos rechazaba enérgicamente su padre y en uno de sus viajes, Eduviges huyó de casa con su novio. Este hecho fue rechazado por su madre. Al regreso, el padre montó a caballo y salió con su comitiva en feroz persecución hasta encontrar a su hija junto con el novio. Este fue apresado, fue conducido de regreso y azotado y terminó encarcelado. Eduviges no pudo soportar este dolor y después de varios días de agonía, entró en coma y falleció de un ataque al corazón.